"Cualquier mujer puede caer en las redes de un maltratador"

MADRIDIARIO.ES-10/12/2009-CELIA G. NARANJO

Andrés Quinteros, psicólogo de hombres maltratadores

Ninguna mujer está libre de caer en las redes de un maltratador. Así lo advierte Andrés Quinteros, psicólogo del Instituto STOA de la Asociación Aspacia para la Convivencia, que rehabilita a estas personas en su sede de Madrid y en el centro de atención a maltratadores del Ayuntamiento de Leganés. Es coautor, junto a Pablo Carbajosa, de 'Hombres maltratadores' (editorial Grupo 5), una guía sobre cómo conseguir reinsertar a estos agresores. En esta entrevista analiza para Madridiario el fenómeno del maltrato y explica las claves para combatirlo.
¿Se puede rehabilitar a un maltratador?
Sí, se puede. Son necesarios programas de intervención específicos para que el tratamiento sea efectivo, pero sí se puede rehabilitar a los maltratadores, aunque no a todos. Y los tratamientos son cada vez más efectivos. Desde que empecé a trabajar con maltratadores, en 1995, hasta ahora, el porcentaje de éxito ha pasado del 5 al 50 por ciento.

¿A qué maltratadores no se puede rehabilitar?
Aquellos que tienen una psicopatología grave, como una psicopatía o un trastorno antisocial o narcisista, requieren tratamientos muy complejos. Además hay otros que no reconocen en absoluto su violencia, con lo cual es imposible producir cambios en ellos. Nosotros recibimos a personas que vienen por una medida judicial, es decir, que están condenados por violencia de género, y por otro lado a personas que vienen de forma voluntaria. Casi ninguno llega diciendo que es un maltratador. Como mucho reconocen que tienen un problema, pero siempre echan la culpa a la mujer. A eso nos agarramos para que se responsabilice de la violencia y a partir de ahí empezar a producir cambios en sus conductas y sus pensamientos.

Según recoge el libro, muchos maltratadores dicen que la ley está mal hecha y que es injusta con muchos hombres. Ese pensamiento también lo tienen algunos sectores de la sociedad. ¿Hasta qué punto es verdad?
Muchos de los hombres que recibimos han sido condenados por violencia. En algunos casos es violencia circunstancial, un acto de violencia único, pero eso es condenable también. Todos han cometido violencia, lo reconozcan o no; si han sido condenados es porque existen pruebas. Después, en el tratamiento, poco a poco van asumiendo que han sido violentos, y no solo esa vez sino desde el inicio de la relación.

¿Cuál es el porcentaje de abandono del tratamiento? ¿Por qué se produce?
Actualmente está en el 22 por ciento y es el mismo que se da en cualquier tipo de tratamiento psicológico. Es decir, somos tan efectivos como cualquier otro programa. Sí tenemos una tasa de un 8 por ciento en la que no aceptamos tratarles, bien por problemas de idiomas o porque presenten alguna toxicomanía que impida sacarles adelante. Además, algunas veces somos nosotros los que lo cortamos porque no podemos ayudar a cambiar a alguien que no quiere.

¿Suelen ser suficientes las presiones familiares para que ellos quieran cambiar?
Los que tienen una condena suelen llegar cuando ya han pasado tres años desde los hechos que cometieron. Es demasiado tiempo. Generalmente podemos trabajar mejor con los que vienen a través de juicios rápidos, porque reconocen la violencia con la misma facilidad que los que vienen por voluntad propia. El paso del tiempo dificulta el tratamiento  porque sus mecanismos de defensa han vuelto a subir. La justicia es demasiado lenta.

¿Les ha llegado algún caso en el que la mujer también haya ejercido violencia sobre el hombre?
Al mismo nivel, no. Por lo general, cuando la mujer ha ejercido violencia lo ha hecho para defenderse; otra cosa es la violencia cruzada. Quien suele agredir habitualmente es el maltratador.

En el libro sostienen que la violencia habitual, no esporádica, es cosa masculina.
Sí, fundamentalmente de los hombres. De hecho, la violencia en general es ejercida por los hombres. En las estadísticas de delincuencia, solo un 15 por ciento es producida por las mujeres. Esto se debe a la forma de educar y de estructurar la personalidad de los hombres y de las mujeres desde pequeños. Generalmente al hombre se le educa para que externalice más la violencia y a la mujer para que la inhiba.

¿Atiende a maltratadores jóvenes? ¿Cree que esas desigualdades, a pesar de los esfuerzos que se dedican a educar en la igualdad, permanecen en las nuevas generaciones?
Sí, aún queda mucho por hacer. Se han logrado algunas cosas, como que la mujer tarde ahora siete años de media en denunciar cuando hace unos años tardaba 12. Pero dentro de las parejas jóvenes también hay mucha violencia. El maltratador establece este tipo de relaciones con todas sus parejas, desde la primera hasta la última.

Entonces, ¿da igual cómo sea ella o lo que haga?
Exactamente. La clave no está en la relación, sino en él. Una mujer puede tener más capacidad para darse cuenta de las manipulaciones o más herramientas para salir cuanto antes, pero el maltratador siempre va a establecer ese tipo de relaciones. Ellos no empiezan golpeando y ellas confunden la galantería con el control. Ellas suelen decir que al principio no eran agresivos, pero en realidad, aunque no lo eran físicamente, el control ya estaba ahí. El agresor trata de establecer un dominio de forma sutil y, cuando eso no le basta, va subiendo la intensidad.

¿Cómo viven ellos el momento en el que toman conciencia de que tienen un problema?
Con depresión. Cuando se dan cuenta de que han arruinado la vida de otra persona, de que han maltratado a aquella a la que querían, se sienten culpables y se deprimen. Lo viven con mucha culpa, pero también empiezan a percibir que hay que cambiarlo porque en el futuro pueden entablar nuevas relaciones.

¿Se puede maltratar a alguien a quien se quiere?
Los psicópatas son fríos y manipuladores, pero los maltratadores pueden experimentar todo tipo de sentimientos; lo que tienen es una fuerte represión emocional. Una parte del tratamiento persigue que terminen con esa represión y puedan expresar sus sentimientos de forma adecuada. Les cuesta mostrar las emociones. Pero un psicópata nunca sentiría nada; aunque los maltratadores parecen fríos, es fruto de su represión emocional.

¿Ellos también sufren?
Sí. En la fase de 'luna de miel', el hombre embauca de nuevo a la mujer para que vuelva con él. En esa parte hay cierto remordimiento y cierta culpa, que rápidamente tapan echándole la culpa a la mujer. En este caso, los hombres lo pasan mal y sufren. Esto no sirve, por supuesto, para justificar la violencia, pero es algo con lo que se puede trabajar para tratar de cambiarlos. Un psicópata gozaría con el sufrimiento ajeno, pero ellos lo pasan mal con esa situación.

Pero no pueden evitar crearla.
Sí, porque necesitan dominar a la mujer para sentirse bien ellos. Son ultradependientes: por eso acosan tanto a la mujer que les ha dejado y, una vez que no hay solución, buscan a otra rápidamente.

¿Y repetirán la conducta anterior?
Si no se someten a un tratamiento, lo harán con toda probabilidad. Son muy reincidentes.

¿Cuáles son las principales trabas con las que se encuentran?
Para que empiecen a cambiar deben pasar al menos seis meses, pero muchos necesitan años de tratamiento para alcanzar todos los objetivos. Dividimos el tratamiento en una primera parte que tiene que ver con la motivación, y que persigue que reconozcan y se responsabilicen de su conducta. Luego hay que introducir los cambios y al final se trabaja la prevención de recaídas, para que todos los cambios alcanzados se mantengan en el tiempo. Después solemos hacer un seguimiento para ver si es así.

¿Qué es más difícil de erradicar, la violencia física o la psicológica?
No hay grandes diferencias en el tratamiento en este sentido; la violencia siempre es violencia. Lo que los distingue es que haya un mayor o menor reconocimiento. Hay personas que ejercen violencia física severa, y eso tiene más pruebas, pero la diferencia no estriba en que los que hayan utilizado armas sean más difíciles de cambiar; no. Depende del grado de motivación que tengan.

¿Es más difícil que lo reconozcan los que solo ejercen violencia psicológica?
Los porcentajes de reconocimiento son similares. Les cuesta reconocer cómo dominan siempre en la relación, cómo coartan a la mujer para trabajar, tener relaciones o el control económico… Ese tipo de violencia es lo que no admiten con facilidad.

¿Debe alarmarse una mujer cuando vea que su pareja empieza a tomar el control de todo? A veces, ese proceso es muy sutil.
Al principio suele abrirse un desnivel. Los maltratadores controlan lo económico, con quién se ven, con quién no, sus relaciones familiares y amistades; eso debería ser una señal de alarma. La primera cita empieza como todas; una vez me decía una mujer que cuando eran novios él se preocupaba mucho por ella. La llamaba cuando llegaba al trabajo, cuando salía… Y confundía esas llamadas con un interés cuando en realidad eran de control y perseguían saber qué estaba haciendo ella y dónde se encontraba en todo momento.

¿Dónde está el límite entre la preocupación y el control?
En el momento en que ella empiece a sentirse coartada, debería producirse una llamada de atención, aunque en realidad ellos han empezado a controlarlas mucho antes. Cualquier mujer puede caer en las redes de un maltratador, porque al principio son muy sutiles.

¿Es real la imagen de las mujeres maltratadas como personas tímidas, sumisas y sin iniciativa?
Hay mujeres maltratadas que tienen un nivel sociocultural alto y redes sociales sólidas, pero terminan siendo víctimas de la violencia. Para dominar a alguien, cualquier tipo de violencia va dirigido a destruir la autoestima de la víctima. Después de unos años, esta se convierte en una persona sumisa, que se relaciona poco, pero es porque la violencia ha ido mermando sus capacidades. Sin embargo, un punto de partida más sólido sí tiene que ver con su capacidad para poner fin a esa situación; pero no las protege al cien por cien. Por eso se dice que las mujeres inmigrantes son más vulnerables, porque su familia y sus amigos están lejos, y están a merced del agresor.

¿Es posible que los estallidos de violencia extrema, por ejemplo los asesinatos, se produzcan de golpe, sin una escalada previa?
Sí, no es lo más frecuente, pero puede ocurrir. Cuando la mujer decide separarse, o lo deja, incurre en un factor de riesgo. Ahí es cuando el hombre se siente más atacado y se plantea que ella debe estar con él o con nadie; es el momento de mayor riesgo.

¿En qué se diferencian los maltratadores de los psicópatas?
Los psicópatas no se suicidan después y son violentos con todo el mundo. En cambio, los maltratadores solo suelen ser violentos con sus mujeres; con los demás son amables y no suelen entrar en conflictos. Por eso se habla de la doble fachada.

Pero mantener una imagen impecable hacia el exterior y maltratar luego a tu mujer de puertas para adentro implica frialdad.
Implica control de la situación. Los maltratadores no son impulsivos; no son como los antisociales, que quieren una cosa y la quieren ya. En ese sentido controlan, porque saben lo que hacen, y suelen evitar los conflictos fuera de la familia. Incluso cuando vienen aquí se preguntan por qué tienen que someterse a un tratamiento si son trabajadores modélicos, tienen amigos… Lo que ocurre es que el malestar que acumulan fuera lo van volcando hacia adentro. Todos los conflictos que evitan fuera del entorno familiar los vuelcan contra ellas, porque ahí se sienten seguros y dominan la situación. Por eso parte del tratamiento consiste en que aprendan a resolver los conflictos que se producen fuera del núcleo familiar.

¿Es posible rehabilitar a un maltratador mientras prosigue la convivencia con la víctima, sin que se produzca una ruptura o cambie de pareja?
En el caso de los que vienen de forma voluntaria, sí. Se han dado casos en los que las parejas siguen juntas y ha cesado la violencia. Lo que tienen que hacer es dejar de controlarlo todo.

¿Cómo se puede conseguir eso?
Empezando por reconocerlo como un problema. Y demostrando que esa conducta que están teniendo está haciendo daño a las personas que quieren, no solo a su mujer, sino también a los hijos. Ese es el primer punto por el cual hay que empezar a cambiar. El detonante para que vengan de forma voluntaria es que les han amenazado con dejarlos o se ha roto la relación. Su motivación es que su mujer vuelva y a eso nos agarramos para empezar a trabajar, pero después les dejamos claro que el tratamiento no es para que ella vuelva, sino para que él cambie y lo haga por él mismo. La media de duración es de un año y medio del tratamiento, pero hay quien no llega y quien lleva tres o cuatro años. Hay sesiones grupales e individuales, según las características de cada caso.

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