´No quiero ser un número más´

La víctima se siente acosada por su expareja, pese a la orden de alejamiento, y tiene miedo de sus amenazas
LEVANTE-EMV.COM-02/11/2011-IGNACIO CABANES

"Si pones un pie fuera de esta casa te pego un tiro", "si sales a cenar por ahí te mato", "si saludas a alguien que no conozco estás muerta". Con frases como estas todavía retumbándole en los oídos, Margarita (nombre ficticio para preservar su anonimato), no se atrevía a denunciar a su pareja. "Es el miedo, te anula por completo, sabes que es capaz de hacerlo y no te atreves a dar el paso", asegura esta víctima de la violencia machista. Después de 16 años soportando malos tratos, insultos y vejaciones, tuvo que ser su hijo menor de edad, de 12 años, el que llamara al 112 en uno de los últimos episodios violentos de su padre.

Por desgracia, el caso de Margarita es uno de tantos otros muchos. Mujeres que sufren a diario la violencia machista de sus parejas y que, por miedo, dependencia económica o simplemente por amor -ese que les hace albergar la esperanza de que su marido pueda cambiar- nunca deciden denunciar la pesadilla que viven dentro de las cuatro paredes de su casa.
En otros casos, la denuncia tampoco garantiza la seguridad de la víctima, pero debe ser el primer paso para combatir esta lacra. La semana pasada, en la que la violencia machista se cobró dos nuevas víctimas mortales en la Comunitat Valenciana, quedó de manifiesto que en ocasiones el mecanismo judicial no logra evitar muertes como la de Mina Chennane, asesinada por su pareja en Puçol pese a que días antes su asesino había incumplido la orden de alejamiento.

El comienzo de la pesadilla
"Todo empieza un día, cuando el hombre que amas te advierte de que es mejor no ponerse pantalón ajustado para que la gente del pueblo no hable mal de ti, y tú lo comprendes. Después es el pelo que es muy largo y llama mucho la atención, otro día son los zapatos, y así sucesivamente hasta que te das cuenta que ya no son sugerencias, son obligaciones", relataba Margarita.

Madre de tres hijos, que actualmente tienen 26, 22 y 12 años. Margarita apenas salía de casa. En un pueblo de Valencia, cuyo nombre omitimos por cuestiones de seguridad, "todo el mundo dice conocerse pero de puertas para adentro mi marido era una persona muy distinta de la imagen que la gente tiene de él", argumentaba la mujer. "No me dejaba salir de casa, incluso si iba al médico tenía que darle el justificante para tenerme totalmente controlada", añadía.
"Me hizo renunciar a todo, trabajaba para él en su empresa pero él me controlaba el dinero", prosigue la víctima en su relato. "Es una rueda, un día tras otro, al final consigue anularte como persona", añadió la mujer.

"Cuando harta de sus imposiciones un día quieres hacer lo que te apetezca, la respuesta son golpes y amenazas de muerte", recuerda Margarita. Aunque prefiere no revivir esos momentos, hay dos episodios especialmente violentos que le marcaron tristemente. Uno fue cuando, embarazada de su hijo pequeño, su marido la echó a la calle y la dejó toda la noche a la intemperie en pleno invierno. El otro, el día en que la tiró por las escaleras. Ninguno de esos dos días se atrevió a denunciarlo.

El momento en que estuvo más cerca de dar el paso y denunciar los malos tartos fue el 10 de octubre de 2010. Ese día, Margarita confiesa que acudió al cuartel de la Guardia Civil a denunciar a su marido tras una nueva agresión. Sin embargo, su estado de ansiedad era tal que tuvo que ser trasladada a un centro de salud. "En el trayecto sufrió una caída por sensación de mareo", según consta en el informe médico. Finalmente no lo denunció, él la convenció de que no lo hiciera.

Después de este incidente la mujer acudió varias veces al psicólogo. "Me hacía enseñarle el parte del psicólogo para que viera que no le había dicho nada de los malos tratos", asegura esta víctima de la violencia machista.
En julio de 2010 Margarita toma una decisión. "Le digo que se vaya de casa o lo denuncio". "Él me dice que no voy a salir con vida, que si lo dejo me mata", explica entre lágrimas Margarita. En realidad todavía tiene miedo. "Me apuntó con la escopeta cargada y me dijo que si ponía un pie fuera me mataba", recuerda.

Durante los meses posteriores a la separación de la pareja, Margarita confiesa que es acosada telefónicamente por expareja y que éste sigue todos sus pasos, controlando a cualquier hombre al que viera conversando con ella. "Me ha tocado cambiarme tres veces de número de teléfono en un año", explica la mujer mientras muestra una factura de teléfono de la empresa de su marido en la que se aprecian más de 900 llamadas a su número entre finales de diciembre de 2010 y principios de enero de 2011.

Su hijo salió en su defensa
El pasado 14 de febrero, día de los enamorados, "se presentó en mi casa, decía que venía a felicitarme, que iba a cambiar, que sigue enamorado, ...", relataba Margarita. "Estábamos en mi casa mi hijo y yo y no le quise abrir la puerta", prosigue. "Él comenzó a dar golpes y mi hijo salió para decirle que se marchara, que tenía que estudiar". A continuación, "el padre introdujo al menor en el garaje y le pegó un puñetazo en las costillas", según consta en la denuncia interpuesta por la víctima. Cuando el hombre se encaró con su expareja, el menor de 12 años salió en su defensa y, tras coger un palo, rompió el cristal del vehículo de su padre. Finalmente llamó al 112 denunciando lo ocurrido.

Un juzgado de Llíria dictó una orden de alejamiento de 100 metros contra el acusado, tanto hacia su exmujer como a su hijo, que le prohibe acercarse a los lugares que frecuenten y cualquier comunicación con ellos. Pese a esta medida cautelar, y a la espera de juicio, Margarita asegura que sigue siendo "tan prisionera como antes". "Si lo ves en la esquina de tu calle, entras por otra parte, si está en los lugares que tiene prohibidos tú te vas a otros porque si llamas a la policía te dicen que en un pueblo las distancias no son las mismas", relata la mujer, quien sigue recibiendo amenazas desde un número oculto. "No quiero ser un número más". Esta es la llamada que hace una mujer maltratada, "más como seguro de vida que como suplica".

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