¿Matriarcado vasco?

La idea de una mujer vasca poderosa tuvo y tiene su atractivo, pero nunca ha sido real. No hay más que ver cuántas mujeres faltan donde se toman las decisiones
ELCORREO.COM-05/02/2013-ITSASO ÁLVAREZ

Suena a tiempos lejanos, pero el tema del matriarcado vasco sigue saliendo de vez en cuando en tertulias, en conversaciones informales, en reuniones de amigos o incluso entre burlas. Recordemos un vídeo de 'Vaya semanita', en el que un matrimonio acude a presentar una denuncia a la Ertzaintza. El sketch comienza diciendo lo siguiente: "Que en Euskadi impera el matriarcado es algo que ya casi nadie duda, pero veamos un ejemplo", evocando la idea de que aquí ningún hombre toma una decisión importante sin el visto bueno de su mujer. A continuación, un agente formula las preguntas y las dirige al hombre, que es quien ha sido la víctima del hurto, pero es su mujer quien, sin dejarle pronunciar palabra y a pesar de no haber presenciado siquiera el asalto, responde una y otra vez por él. La mujer acaba con la paciencia del agente, pero llega un momento en que ni éste es capaz de articular palabra. Una mandona de cuidado, vamos.

Fuera de bromas, el matriarcado implica la autoridad de la mujer en el orden social. No sólo en la familia, sino también en la política, en la religión, en la cultura y la educación, en el deporte y en la economía, que debe tener también su reflejo en las leyes. Mandar en casa, como las etxekoandres lo hacían en los caseríos, es una cosa y es verdad que, en el mercado de trabajo la mujer está presente en todos los ámbitos. Pero más allá de lo privado, del gobierno del hogar, no hay que echar más que un vistazo para darse cuenta de que no hay ni siquiera una paridad de mujeres donde se toman las decisiones. La batalla está perdida y entonces, ¿por qué seguimos invocando este asunto y por qué sigue apareciendo el matriarcado como una institución inquebrantable, muchas veces reproducida por las propias mujeres, ya sea mediante la educación de sus hijos y la convivencia con sus parejas?

Quizás porque la idea de una mujer vasca poderosa tiene su atractivo, es emocionante y aparentemente positivo porque parece que nos da prestigio, o eso nos han hecho creer, pero la verdad es que es irreal e impensable. ¿O es que las mujeres se saben poseedoras de un supuesto poder que, por el momento, prefieren declinar? Nada de eso. Es una trampa. Lo fue y lo sigue siendo, y a esa conclusión han llegado numerosos estudios llevados a cabo tanto por hombres como por mujeres desde hace dos décadas. Además, "pensar así es cómodo". "Porque si crees que tienes el poder no tienes que pelear por ello. Y hasta que te encuentras con una situación que pone en cuestión esto puede ser algo que te es efectivo en la vida. Por ejemplo, si las mujeres son tan fuertes, por qué siguen reproduciéndose problemas tan crudos como la violencia de género?", plantea Maggie Bullen, antropóloga y profesora en la Facultad de Filosofía de la Universidad del País Vasco en San Sebastián.

"Es lo que llamamos el espejismo de la igualdad. Se pretende que está ya conseguida, cuando todavía queda mucho por hacer. Así lo viven muchas jóvenes en la actualidad", añade. Muchas chicas a las que el feminismo como proyecto les suena a ‘la guerra de mamá’ con la que ellas no se identifican. "La gente joven que no ha peleado en los años de más fuerte movimiento feminista cree que las puertas están abiertas, que las oportunidades son iguales para chicos y chicas, pero hay muchos ámbitos para ver que no es así. Hoy en día muchos Ayuntamientos están haciendo cursos de emponderamiento para las mujeres. Creo que eso es lo que hay que recuperar. Ahora bien, la idea es que no hay matriarcado ni en el pasado ni en el presente, ni aquí ni en ningún otro sitio del mundo. Y que necesitamos analizar realmente dónde está la desigualdad y releer los mitos", concluye Bullen.

Mitos vascos como el de Mari, la Dama de Anboto, una especie de maga de la tierra y la naturaleza, o como los de las lamias, con capacidad para enamorar a los hombres para luego abandonarlos, y las sorgiñas, poseedoras de una sabiduría ancestral. Todo un repertorio de figuras femeninas que connotan un poder que no va más allá de lo legendario. "Los mitos son historias que se crean pero que se van relatando, se van transmitiendo, se van cambiando. Animaría a releerlos y valorarlos como lo que son, son parte del patrimonio vasco también, pero convendría leerlos desde una perspectiva crítica y pensar en qué nos sirven para hoy en día o si nos los tenemos que replantear", concluye Bullen.

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