Así son las "Mad Women" que triunfan en Wall Street

¿SON MÁS CONSERVADORAS QUE LOS HOMBRES?
ELCONFIDENCIAL.COM-05/10/2012-HÉCTOR G.BARNÉS

Los estereotipos creados por la cultura popular nos acompañan toda nuestra vida y, una vez consolidados, son difíciles de cambiar. Cuando hoy en día la mayor parte de la población piensa en Wall Street y sus trabajadores, rápidamente acuden a su mente dos nombres: por una parte, el Gordon Gekko al que dio vida Michael Douglas en Wall Street (Oliver Stone) y su célebre declaración de principios (“la avaricia es buena”); por otra, el Patrick Bateman de American Psycho, aquel psicópata engominado que sólo encontraba placer en la sangre. Dos estereotipos entre los que, desde luego, no encajan todas aquellas mujeres que a finales de los sesenta comenzaron a entrar en el mundo de los negocios y que se convirtieron en las pioneras en un sistema hasta entonces dominado por los hombres. Es esa historia la que Melissa S. Fisher, profesora asistente en el Departamento de Antropología de la Universidad de Georgetown, ha relatado desde un punto de vista antropológico y social en Wall Street Women (Duke University Press), un fascinante recorrido por el mundo femenino financiero que comprende los últimos cuarenta años de historia americana, desde finales de los sesenta hasta nuestros días.

Una de las metas de Fisher, que ha atendido a El Confidencial, ha sido intentar derribar algunos de los mitos que se han creado sobre las mujeres en el mundo de los negocios. ¿Cómo eran realmente aquellas mujeres que comenzaron a participar en Wall Street, principalmente en los puestos de investigación, durante los años setenta, qué las distinguía de otras generaciones? “Estaban muy centradas en su carrera. La primera quinta fue capaz de hacer cara a la discriminación, a situaciones y jefes complicados, y a todo lo que suponía ser la primera mujer dentro de una empresa, y siguieron adelante en un complicado mundo masculino. Su fuerza, tenacidad y capacidad para creer en los demás y afrontar situaciones complicadas era lo que les definía. Su coraje era de admirar”.

Fisher señala que la entrada de las mujeres en el negocio financiero provocó respuestas muy diferentes entre los compañeros masculinos. “No se puede hablar de una reacción única”, señala. “Hubo hombres que de verdad mostraron interés y se preocuparon por las mujeres con las que comenzaban a trabajar. Pero no por el hecho de ser mujeres, sino por su talento. Sin embargo, incluso durante los años noventa, otros seguían asegurando que las mujeres no debían participar en las financias, y así me lo contaban, a pesar de que yo misma era una mujer. Era parte de su cultura pensar que la mujer debía estar en casa, y en muchas ocasiones ni siquiera se planteaban la posibilidad de contratar a una mujer: su entendimiento de la familia era diferente. Pero por otra parte tenías a aquellos hombres que deseaban que sus hijas prosperasen en su vida laboral”. Y recuerda que este tema, el de la reacción masculina ante la entrada de la mujer al mundo financiero, será precisamente el centro de uno de sus próximos trabajos.

Otro de los mitos a derribar es aquel que asegura que las mujeres en los negocios son “reinas abejas”, individualistas e imbuidas de rasgos masculinos. “Alguna gente considera que estas mujeres sólo querían ascender y progresar en su propia carrera”, añade Fisher. “Pero en realidad muchas de ellas sentían en deuda con las mujeres –y también con los hombres– que les sucedían y a los que aconsejaban”, señala Fisher, que defiende a capa y espada que la solidaridad entre las mujeres fue lo que les permitió ascender en el mundo financiero y hacerse un hueco, hoy amenazado, en dicho entorno.

Lo que piensan las mujeres (de los negocios)

Este grupo de mujeres, que “contribuyó a abrir la puerta para que otras mujeres les siguieran”, no provenía en su mayor parte de las clases altas, y muchas de ellas no se graduaron en grandes universidades –Fisher recuerda que, por ejemplo, el Columbia College no admitió mujeres hasta 1983–, sino que provenían de universidades públicas y un amplio número eran “descendientes de vendedores de seguros y amas de casa”. Muchas veces, cobraban incluso menos que las secretarias, las únicas mujeres que se podían encontrar en dichas empresas hasta entonces, pero como una de las entrevistadas en el libro señala, “estabas agradecida por la oportunidad profesional y proporcionaba un buen entrenamiento”.

“La primera generación de mujeres de Wall Street se apoyaba mutuamente porque no había nadie en su misma generación que les fuese a decir lo que tenían que hacer”, señala Fisher. “Así que establecieron redes como un espacio de ayuda mutua”. Algo que se tradujo en la creación de organizaciones como la FWA (Financial Women’s Association), que con sede en Nueva York proporcionaba un lugar de encuentro a esa incipiente generación de mujeres banqueras que, en palabras de la autora, “tuvieron que saltar barreras políticas y culturales enormes”, y consiguieron cambiar desde dentro el mundo de Wall Street y redefinir los roles de género.

Entre las concepciones que siguen existiendo sobre las mujeres en los negocios es que han de ser mujeres solteras, entregadas en cuerpo y alma a su trabajo, y sin posibilidades de perseguir una vida familiar al margen de su empleo, algo que, según Fisher, “es cierto en algunos casos”, pero no en todos. “Hay muchas mujeres con pareja, o con una familia. Una de las cosas que distinguen las finanzas es que los sueldos son muy altos, así que las mujeres pueden permitirse tener niñeras o empleadas del hogar”. Una afirmación que Fisher matiza a continuación: “Lo que no quiere decir que no tengan problemas en conseguir lo que llamamos un balance entre la vida familiar y la personal. Es algo que se agrava cuando las mujeres de más de 40 años tienen no sólo que cuidar de sus propios hijos, sino también de sus padres”.

Sin embargo, Fisher no cree que sea algo exclusivo de las mujeres, sino que las exigencias del empleo afecta a ambos géneros casi por igual. “No hay muchos empleados que se beneficien de los programas de tiempo parcial. Ocurre lo mismo con los hombres, sobre todo, porque también están preocupados por sus trabajos y el futuro, y porque se espera de ellos que estén disponibles a tiempo completo”.

Adentrándonos en los ochenta

La situación comenzó a cambiar según pasaban los años, y el gris Wall Street de los setenta se convertiría en el glamuroso y exitoso parqué de los años ochenta, la década en la que las mujeres y las minorías sociales comenzaron a acceder al mercado de trabajo. Sin embargo, Fisher señala que la adaptación de la legislación fue lenta y no se consiguió alcanzar determinada igualdad hasta los años noventa. En ese proceso, las relaciones entre mujeres ya no se establecen de la misma manera: “El problema que existe ahora se encuentra en dónde sacar el tiempo para convertirte en mentor de un colega, mucha gente se encuentra constreñida por dicha circunstancia. Algo que se emplea hoy en día es la esponsorización, que es diferente de los mentores, y que consiste en exhibir las capacidades de un empleado para que su trabajo sea visible y tenga oportunidades de empleo”, señala Fisher. “Hemos conseguido establecer estructuras más formales”.

 
La autora de 'Wall Street Women'. (Gianna Biscontini)
Las finanzas han sido criticadas durante los años que han seguido a la caída de Lehman Brothers ya que se ha considerado que quizá los métodos para afrontar el riesgo no fuesen los mejores. ¿Habría cambiado algo con las mujeres al frente? “No se trata tanto de que haya una o dos, sino un grupo significativo: por ejemplo, un 30%. Y no sólo de mujeres, sino personas de diferentes procedencias, culturas, nacionalidades… Que aportarían un punto de vista diferente. Muchas veces, los grupos de discusión son tan exclusivos que determinadas perspectivas o problemas no llegan a plantearse”.

Sin embargo, Fisher mantiene que en general, las mujeres suelen ser percibidas como mucho menos proclives al riesgo que los hombres, aunque sea una idea que, según la época, ha sido más o menos aceptada: “se cree que las mujeres son más conservadoras y solidarias y que se preocupan más por las consecuencias en el largo plazo que los hombres”. La razón, para la profesora, no es “psicológica ni biológica”, sino “cultural y sociológica”, ocasionada por la forma en que fueron educadas.

Una situación peligrosa

Todo ha cambiado después de la crisis económica. En su libro, Fisher señala cómo sus efectos han sido “devastadores” para toda una generación de mujeres, que han visto cercenadas sus aspiraciones en el mundo financiero. “Después de una década y media de mejora, la categoría de la mujer comenzó a rebajarse peligrosamente”, escribe la autora. Una de sus entrevistadas, Constance Burk, señala cómo diez años después de abandonar una firma, acudió a una cena de aniversario, y se dio cuenta sorprendida de que “el número de mujeres era mucho menor” que cuando abandonó la empresa. En concreto, señalaba un artículo publicado por Fisher, 141.000 mujeres se habían marchado de la industria, algo que ha puesto en tela de juicio el papel que el género femenino juega en las empresas.

“En el momento en que comenzó la crisis, muchas de las mujeres que habían contribuido a abrir esa puerta se comenzaban a plantear su retiro o a marcharse a otros campos”, entre los que se cuentan lo que Fisher denomina “filoantrocapitalismo”, es decir, la investigación sobre la creación de herramientas para garantizar la igualdad de género. “Y por otra parte tienes a las mujeres unos diez años más jóvenes que las deberían hacer sucedido y que antes de la crisis podrían haber aspirado a formar parte de las directivas de las empresas financieras. Después de la crisis, te das cuenta de que no ha sido así. Aunque la puerta no se haya cerrado por completo, existe el peligro de que algo así ocurra, por lo que es un reto que debemos afrontar”

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