"Al principio, los compañeros y los jefes no sabían ni cómo tratarte"

Carmen Carbajal Fernández Cabo primero de la Guardia Civil
ELCOMERCIO.ES-03/11/2013-MARCO MENÉNDEZ

Acaban de cumplirse 25 años de la incorporación de la mujer a la Guardia Civil. En 1988 hicieron acto de presencia en las casas cuartel las primeras mujeres de la Benemérita que se tuvieron que enfrentar no sólo a la complicada situación política y social del momento, sino también a la incomprensión social de un mundo regido por hombres. Pero, aunque parezca mentira, los mayores problemas no les llegaron a estas mujeres pioneras por sus compañeros o mandos, sino por muchos ciudadanos que no las veían como agentes de la autoridad. La langreana Carmen Carbajal, natural de Ciaño y a punto de cumplir 46 años, ingresó en la Academia de Baeza (Jaén) el 11 de septiembre de 1989, formando parte de la 95 promoción de guardias civiles. Cuenta su experiencia para EL COMERCIO.
 
-¿En qué ha cambiado la presencia de la mujer en la Guardia Civil durante todos estos años?
 
-En mucho, no tiene nada que ver. Lo primero que me encontré al entrar en la academia es que toda la uniformidad era masculina y, por ejemplo, las camisetas que nos daban dejaban al descubierto los pechos. No estaban pensadas para la mujer. Algo que ahora no se ve tan raro, sí lo era hace 24 años, cuando yo me incorporé. Había detalles llamativos, como que en la fiesta del Pilar la gente se acercaba porque te quería tocar, o cuando las personas mayores acudían a la oficina para pasar revista a las armas y preguntaban por el guardia. Por mucho que les dijera que yo era guardia, preferían venir otro día. Esto ocurría sobre todo en pueblos.
 
-¿Cómo ha sido esa evolución?
 
-Ahora en todas las unidades de la Guardia Civil hay mujeres, pero antes no, porque éramos muy pocas y no había suficientes para estar en todos los lados.

-¿El trato era igual que con sus compañeros hombres?
 
-Sí había igualdad de trato, pero en realidad creo que no sabían ni cómo tratarte. Los compañeros nos abrían la puerta del coche o de la oficina y hasta los jefes eran menos bruscos con nosotras. Pero con el tiempo se fue normalizando y ahora ya somos muchas mujeres en la Guardia Civil. Eso sí, tardamos diez años en tener la primera teniente, en 1998. Hoy, la Dirección General de la Guardia Civil tiene como una de sus prioridades que las mujeres estén plenamente integradas en la institución, sin discriminación alguna y en igualdad. Somos minoría, pero seguimos avanzando.
 
-¿Qué empleo desempeña usted en la actualidad?

 
-Soy cabo primero y estoy destinada en el palacio de La Granja, en Segovia.
 
-¿Cómo es su día a día?

 
-Es un trabajo de oficina. No estoy en la calle ni de cara al público.
 
-¿Ha estado destinada en el País Vasco? Lo digo porque pensar en la Guardia Civil es pensar en el peligro del terrorismo...
 
-En el País Vasco no, pero estaba en Barcelona cuando ocurrió el atentado de la casa cuartel de Vic. En aquella época, la gente era un poco reacia con la Guardia Civil, pero después del atentado nos paraban por la calle, nos felicitaban por las detenciones y nos decían su sentir. En Vic hubo cámaras que grabaron lo que ocurrió y la gente pudo vivirlo muy directamente. Pero, aunque no hubiera estado destinada en el País Vasco, siempre teníamos que observar las medidas de protección. Incluso, en aquella época patrullábamos con armas largas. Pero sí me considero una víctima de los terroristas, cada compañero muerto por sus acciones me ha hecho sufrir y la anulación de la doctrina Parot nos ha supuesto un mazazo del que difícilmente nos vamos a recuperar.
 
-¿Nunca le entraron dudas? ¿No se llegó a plantear 'qué hago yo aquí'?

 
- (Contundente) No. Hubo veces que pasé por momentos muy tristes por la muerte de compañeros con los que había coincidido, pero nunca me lo planteé. Yo vivo la Guardia Civil como algo solidario, una forma de colaborar con la gente. Lo cierto es que hacemos muchas labores humanitarias que no salen tanto a la luz.
 
-¿Qué la motivó para ingresar en la Guardia Civil? ¿Le viene de tradición familiar?
 
-No. Mi padre fue minero y, aunque nunca me vio vestida de guardia civil, la verdad es que no nos puso ningún impedimento para ser lo que quisiéramos. Mi hermano mayor, que falleció en un accidente, sí era guardia civil. Creo que fue influencia de mi hermano, pero cuando él ingresó yo todavía no podía. Y no me presenté a la primera promoción de mujeres porque no me había enterado, pero sí lo hice en la segunda.
 
«Había mucha solidaridad»

-¿Cómo concilia la vida profesional con la familiar?
 
-Cuando estaba soltera, vivía en la casa cuartel y había mucha solidaridad. Las puertas estaban abiertas y no había problemas para pedir un favor. Ahora, con familia, tienes que buscar una estabilidad.
 
-¿Qué quiere decir con eso?
 
-Por ejemplo, por la familia no he ascendido. Llega un momento en que tienes que elegir entre la familia y el trabajo. Opté por lo primero para no cambiar de destino, porque con familia es más difícil moverse.
 
-¿Y los horarios de trabajo? ¿Cómo se llevan?

 
-Antes eran peores, porque cada día te decían lo que tenías para el siguiente. No tenías vida propia. Ahora, el comandante del puesto ya hace un cuadrante para todo el mes y sabes que no harás más de 37 horas y media a la semana. Lo cierto es que la situación que había antes la vivíamos con normalidad, porque no nos dábamos cuenta de lo que había alrededor.
 
-¿No se ha planteado regresar a Asturias?
 
-La verdad es que no, y eso que me encanta Asturias. Una de las razones por las que ingresé en la Guardia Civil fue por conocer mundo y salir del pueblo.
 
-¿De quién se acuerda tras estos 25 años de la mujer en la Benemérita?

 
-Son muchas las que nos han dejado en el camino, por unas u otras razones, pero quiero hacer una especial mención a Irene Fernández Perera, a la que no tuve el gusto de conocer personalmente, pero que siempre llevaré en el recuerdo, y a Salud Carrión Muñoz, que falleció en accidente de coche siendo guardia alumna. Ellas, junto con el resto de los compañeros y compañeras fallecidas, son nuestros ángeles de la guarda que nos protegen desde el cielo.

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